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Hipócrates y su escuela defendieron la idea encefalocéntrica, proclamando que el cerebro era el órgano de la inteligencia, las sensaciones y las enfermedades mentales. En contraposición, Aristóteles mantuvo la postura cardiocéntrica, argumentando que el corazón era el asiento del alma y la inteligencia, mientras el cerebro solo servía para refrigerar la sangre.
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El médico romano Galeno, basándose en disecciones de animales, demostró experimentalmente que el cerebro controlaba la musculatura y los sentidos. Propuso la teoría del "espíritu animal" (pneuma psychikon), un fluido que se producía en el cerebro, viajaba por los nervios (que consideraba huecos) y era el responsable de las funciones motoras y sensoriales.
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Galeno, médico romano, demostró experimentalmente que el cerebro controlaba el cuerpo y propuso que el "espíritu animal" se almacenaba en los ventrículos cerebrales. Esta idea evolucionó en la Edad Media hacia la "Doctrina de los Ventrículos", donde se asignaban funciones mentales específicas (imaginación, razón, memoria) a cada una de las cavidades ventriculares del cerebro.
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René Descartes propuso un modelo dualista donde el cuerpo era una máquina material gobernada por "espíritus animales" que fluían por los nervios, pero la mente (o alma) era inmaterial. Para resolver cómo interactuaban, postuló que la glándula pineal era el "asiento del alma" y el punto de unión entre lo físico y lo mental.
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Franz Joseph Gall desarrolló la frenología, una teoría incorrecta que proponía que las facultades mentales se localizaban en áreas específicas del cerebro y que su tamaño podía leerse en las protuberancias del cráneo. Aunque pseudocientífica, fue crucial al popularizar los conceptos de localización funcional y corteza cerebral como sustrato de las funciones superiores.
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Luigi Galvani descubrió que se podía contraer el músculo de una pata de rana aplicando una corriente eléctrica, incluso sin "espíritus animales". Esto demostró que la señal nerviosa era de naturaleza eléctrica ("electricidad animal"), desbancando definitivamente la teoría del fluido hollowiano y abriendo el camino a la neurofisiología moderna.
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El médico francés Paul Broca presentó el caso de un paciente que solo podía decir "tan" y que, tras su muerte, presentaba una lesión en el lóbulo frontal izquierdo. Esto demostró que una función específica (el lenguaje articulado) podía localizarse en una región cerebral concreta, hoy conocida como el área de Broca.
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El histólogo español Santiago Ramón y Cajal, utilizando la tinción de Golgi, demostró que el sistema nervioso estaba compuesto por células individuales y discretas llamadas neuronas, y no por una red continua. Esto sentó las bases estructurales de la neurociencia moderna. Por este trabajo, Cajal recibió el Premio Nobel en 1906.
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Otto Loewi demostró la transmisión química en la sinapsis a través de su experimento con dos corazones de rana. Estimuló el nervio vago del primero, slowing its beat, y luego transfundió el líquido que lo bañaba al segundo corazón, provocando el mismo efecto. Esto probó la existencia de un mensajero químico (la acetilcolina), inaugurando el estudio de los neurotransmisores.
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El siglo XX vio la consolidación de la neurociencia como un campo interdisciplinar. Se desarrollaron técnicas como el electroencefalograma (EEG) para registrar la actividad cerebral, se descubrieron los neurotransmisores (como la acetilcolina por Otto Loewi) como mensajeros químicos en la sinapsis, y se avanzó enormemente en la comprensión de la base biológica de la conducta, integrando conocimientos de anatomía, fisiología, química y psicología.