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El Papiro Edwin Smith, uno de los textos médicos más antiguos, describe tumores mamarios tratados con cauterización. Aunque no se menciona el término “cáncer”, se reconoce como una enfermedad incurable. Este documento refleja una observación clínica primitiva, sin comprensión etiológica, pero con intención terapéutica..
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Durante este periodo, el cáncer se asociaba a desequilibrios de los humores según la medicina galénica. Los tratamientos incluían cirugía sin anestesia, cauterización con fuego y remedios naturales. La falta de conocimiento anatómico y fisiológico limitaba el abordaje clínico.
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Con el desarrollo del microscopio y los estudios de Rudolf Virchow, se establece que el cáncer tiene origen celular. Se inicia la observación histológica de tejidos neoplásicos, lo que permite clasificar tumores y comprender su comportamiento biológico.
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El uso del gas mostaza en la guerra reveló efectos citotóxicos sobre los linfocitos. Este hallazgo dio origen a los primeros agentes quimioterapéuticos, utilizados inicialmente en linfomas. Se abre así una nueva era en el tratamiento farmacológico del cáncer.
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Se perfeccionan técnicas quirúrgicas y se introduce la radioterapia como tratamiento localizado. La creación de centros oncológicos y el uso de imágenes médicas permiten una planificación terapéutica más precisa y segura.
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La identificación de mutaciones específicas permite diseñar tratamientos dirigidos. La genética transforma el diagnóstico, pronóstico y terapia, adaptando las decisiones clínicas al perfil molecular del tumor.
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Surgen inmunoterapias como los inhibidores de puntos de control y la terapia CAR-T. Estas estrategias activan el sistema inmunológico para reconocer y destruir células tumorales, marcando una nueva era terapéutica.